quiero relatarles la historia de la primera vez que me enamoré, esto pasó durante la universidad, los nombres han sido cambiados para protección de los personajes xD
Quizá estaría en lo correcto al afirmar que no soy una persona sociable,
me desagradan las situaciones en las que tenga que interactuar con gente; y ahí
estaba yo tan joven, tan novata tratando de dar con el aula de clase, no
conocía prácticamente a nadie aparte de una joven quien me ayudó en el proceso
de matrícula y resultó estar en la misma área de estudio que yo. Esli y yo
empezamos una relación simbiótica que duró durante toda la universidad, ella se
aprovechaba de mí en cuanto al contenido de la clase y yo de ella para
matricular clases. Debo admitir que parte de mi graduación se la debo a ella,
porque me forzó a sacar más clases y a terminar la carrera más rápido.
Nunca he sido muy hábil haciendo amigos, mi círculo de amistad es
pequeño. Aparte de Esli solo tenía de amigo a Edgardo otro estudiante de mi
área. Comenzaba el primer semestre de la universidad entonces, y el estudio
junto a mi trabajo absorbían la gran mayoría de mí tiempo. Pero
tempestuosamente siempre existía otro pensamiento constante, Cesar Rodolfo
Chávez Avilés.
La primera vez que mis ojos lo vieron fue la primera semana de clases al
entrar a la clase de Psicología de las siete de la noche, el salía del aula,
inmediatamente me intrigó todo de él, su cara, su guitarra, su forma de caminar
o el hecho de que andaba con gorra a pesar que estar saliendo de un
aula en la noche. No sabría decir exactamente porque pero atrajo mi atención.
Días después descubrí que asistía a una de las clases que estaba tomando yo,
eso solo empeoró el asunto. El problema de verlo todos los días es que los
rasgos de su cara se quedaban grabados en mi mente y era imposible de sacarlo
de ahí.
En una de las clases sin siquiera esperarlo terminé dibujándolo en uno
de los pupitres. Cuando me percate ya llevaba la mitad del perfil dibujado y
Esli lo vio; eso claro llevo a ese especial momento de preguntas incómodas que
suelen realizar todas las amigas a aquellas amigas a quienes les notan un
ápice de interés en alguien de género opuesto; y yo tan nueva en
esos asuntos muriendo de vergüenza conteste con sinceridad. Así fue como un
sentimiento tan nuevo e inexplorado de repente se volvió del conocimiento
general entre las personas que me rodeaban.
Para ser franca yo hasta prefería solo observarlo a la distancia, seguir
cubriéndome en la duda de si existía o no un sentimiento en mí, esa sensación
de desconocer lo que me pasa es mágica; aunque ahora todos forzaban sus
observaciones en mi desde ese momento en adelante Cesar abandonó su nombre y
pasó a ser conocido por mi círculo como “pupi” como diminutivo de pupitre. Se
convirtió en un tipo de ente que estaba presente en cada conversación a pesar
de nunca haberle dirigido la palabra.
Me limité a verlo de lejos, de disfrutar de eso extraño que me atraía de
él y buscarle explicación. De vez en cuando me quedaba pensativa mientras
garabateaba rostros en mi cuaderno, pensando en él; no porque quería sino
porque no lograba entender porque estaba ahí clavado en mi cabeza, insertado en
mis pensamiento, no era algo romántico simplemente estaba ahí.
Decidí que me gustaba, a partir de ese momento en adelante cuando
alguien me preguntara si había alguien que me gustaba, por fin, después de toda
una vida negando muchos amores platónicos, había resuelto decir que sí; que sí
había alguien que me gustaba. La vergüenza me ganaba pero decidí ser sincera conmigo
y con aquellos que me rodeaban, no porque les tuviera confianza sino como
experimento a ver cómo iba esto de que me gustara alguien en serio.
Más tarde que temprano llego a mis oídos la noticia que esperaba nunca
me llegara, Pupi tenía novia. Ella se me antojaba genial, con sus botas
militares y su pelo corto, sus faldas a cuadros y su delineador negro. Se
vestía de una manera que aunque yo deseara jamás podría vestir. Y así como decidí
que me gustaba tomé la decisión de que ya no me gustaba, la diferencia es que
esta vez era solo para los demás, ya que internamente sentía un ardor en el
pecho cada vez que lo miraba con la novia. Todavía así cada vez que podía lo
miraba y estudiaba su rostro. Algunos días me parecía similar a un
roedor, otros diminuto, otros súper atractivo. Quizá eso era exactamente lo que
más me llamaba la atención lo mucho que cambiaba mis observaciones de él cada
día. Llegué a cuestionarme si realmente el cambiaba o era yo.
Como sea, abandoné el afán de llegar a tener algún tipo de contacto con
él e intenté concentrarme en nuevos intereses, busqué conocimientos de esta
materia que desconocía en otras personas pero no llegaban a intrigarme o a
entretenerme de la forma que el solo rostro de Pupi lograba hacerlo. No puedo
negar que si aprendí varias cosas y gracias a esas experiencias entendí muchos
comportamientos que debía tener de querer cortejar o mostrar interés a algún
hombre.
No puedo siquiera calificar como afectos amorosos a los hombres con los
que salí ya que aunque salía con ellos jamás llegué a pensar tanto en ellos
como en él. Lo maldecía por ratos ya que no comprendía porque me atraía de la
manera en que lo hacía. Con el paso de los años dejé que luchar contra ese
pensamiento constante y decidí aceptar nuevamente que existía algo en Pupi que
no había en los demás; era mejor hacer algo al respecto. Así que regrese a
buscar avistarlo de alguna manera dentro de la universidad.
Volvimos a asistir a una clase juntos. Con la experiencia adquirida de
mis salidas con otros hombres me llené de valor y decidí, después de dos o tres
años a hablarle. Fue difícil para mí dirigirle la palabra después de tanto
tiempo de observarlo a lo lejos, sin embargo con el apoyo de Elsi se produjo la
contingencia necesaria para que surgiera la conversación. De pronto pasé de
verlo pasar de lejos a saludarlo en los pasillos.
Con esta nueva cercanía surgió también una nueva consciencia de quién
era Pupi, de sus gustos y personalidad. También me permitió enterarme de
que Pupi ya no estaba con la novia. Cosa que revivió un poco la esperanza de
algún día acercarme a él. Las conversaciones se volvieron más fluidas, menos
corrientes, más profundas. Ya no eran solo saludos, un día nos quedamos
hablando sobre una serie de televisión durante más de dos horas parados en el
parqueo de la universidad. Resultó que teníamos cosas en común. Comenzamos a
intercambiar mensajes de texto.
Por más increíble que sonara realmente podía conversar con él, verlo a
la cara mientras me hablaba. Con mi nivel de timidez se me hacía imposible que
algo así pudiera llegar a pasar algún día, pero ahí estaba yo conversando con
él. Esta nueva cercanía a parte de emocionarme también me dio consciencia de
algo bien importante.
Así como yo disfrutaba cada rasgo de su rostro, o absorbía cada palabra
que salía de sus labios, cada luz reflejada en sus ojos, cada pestañeo, cada
movimiento de sus manos al hablar; así de esa manera él se sentía por alguien
más. Ella era alta, blanca, inteligente, hermosa. Y yo; pues y yo
solo era yo. Aún consciente de esta situación seguí con esa relación amistosa
con él.
Pasaban los días y hablábamos, yo encantada por él y el encantado por ella.
Mantuve este estado que no quería cambiar, deseaba dejar ese momento suspendido
en el tiempo, y aunque fuera de esta manera simplemente poder observarlo de
cerca, hablar con él, mientras en silencio me pulverizaba hasta lo más
profundo. ¿Por qué? Solo porque deseaba estar ahí, no quería enfrentar la
verdad que me gritaba a la cara que debía rendirme. Por momentos me mentía
diciéndome que eso era todo lo que necesitaba solo seguir a su lado de esa
manera.
Un día así como decidí que me gustaba, como decidí que ya no y luego que
sí otra vez; así decidí que era tiempo de dejar esa farsa y decirle la verdad.
Fue una de las decisiones más difíciles que he tomado en mi vida, el matar ese
amor que sentía, velarlo y enterrarlo. Una noche por medio de un mensaje de
texto me confesé, le dije que me gustaba a lo que él, claro, tal como esperaba,
contestó, que estaba enamorado de alguien más. Yo simplemente le contesté que
lo sabía que solo necesitaba decírselo.
Y así acabe con él, ese fue el último mensaje que le mandé y la última
vez que conversamos. Ya no he vuelto a saber de él y sí, tardé en sanar pero
todo pasa, y por fin después de cinco años estudiando sus rasgos ese
sentimiento desapareció y de eso ya van cinco años.
- Analizando esa situación me doy cuenta de varias cosas:
- Me enamoré por primera vez a los 17
- Por más que intenté no pude sacarlo de mi cabeza por cinco años
- Me entristece pensar que para él solo seré un personaje de fondo en su historia.
- Lo mejor que pude haber hecho fue haberme confesado y quitar el “hubiera” de la lista de cosas que hacer.